La tarde de lluvia en que la señora Lola me enseñó a hacer butifarra y a no desperdiciar ni una miga
Cuando la lluvia cerró el pueblo y todos se metieron en sus casas, la señora Lola me llamó desde su ventana. —Ven, que hoy hacemos butifarra, que no se pierde la costumbre. Entré en su cocina, que olía a pimienta y a ajo, y vi que ya tenía la carne picada, la tripa limpia y un embudo de hojalata. Lola es una mujer de manos firmes y voz de mando, pero cuando trabaja, se le suaviza la cara.
Me puso a remover la masa de carne con especias mientras ella ataba los extremos de las tripas. —Hay que mezclar bien, que el sabor llegue a todas partes —decía. Me explicó que esta receta la aprendió de su suegra, y que cada casa tiene la suya, pero el secreto está en la proporción de pimienta negra y en un chorrito de vino blanco. Mientras embutíamos, me contó que de pequeña, en tiempos de escasez, no se desperdiciaba nada del cerdo, y que la butifarra era un lujo que solo se hacía en invierno.
Salieron unas piezas gruesas y jugosas, que ella colgó en la despensa. Luego, como recompensa, puso una sartén al fuego y freímos unas cuantas para cenar. Las comimos con pan de payés, y el sabor era intenso, casero, a infancia ajena. Lola me miró mientras masticaba y sonrió. —Ahora ya sabes hacerlas. La próxima vez, las atarás tú solo. Salí de su casa con la tripa llena y el alma contenta, y supe que la lluvia no era un castigo, sino una excusa para aprender algo que nunca se enseña en los libros.(Tienda de Camisetas Fútbol Baratas)